lunes, 19 de marzo de 2012

La caja del buen sueño

Subcomandante Marcos

Ojarasca/La Jornada

Cuentan nuestros más antiguos que los primeros dioses, los que nacieron el mundo, lo habían hecho casi cabal. Con eso querían decir que lo hicieron casi parejo, no había quien estaba arriba y quien abajo, la tierra no tenía propiedad, no tenía quien la mandara, ni papel que la dividiera ni dinero que la corrompiera. Y cuentan nuestros más antiguos que esos dioses primeros hicieron también a los primeros hombres y mujeres, los hombres y mujeres del maíz, y que desde entonces el maíz fue sagrado para estos hombres y mujeres, los primeros que poblaron estas tierras.

Pero cuentan también que esos primeros dioses se cansaron, se hicieron a un lado y se descansaron porque habían trabajado mucho para hacer al mundo y para hacerlo cabal. Y llegaron otra vuelta otros dioses y otros y otros mientras el mundo seguía caminando como de por sí debe caminar, por abajo.


Y cuentan también que llegó un día en que unos de esos dioses, unos de los más primeros, entraron en gran alboroto y bulla porque algo habían encontrado y llamaron a reunión, a asamblea, a los hombres y mujeres de maíz. Ya que estaban reunidos les dijeron: "hay un problema, resulta que a los primeros dioses se les olvidó decirles que iba a llegar el engaño a poblar estas tierras". Empezaron a explicar estos dioses que iba a llegar un día el dinero y que con él, el poder iba a sembrar el engaño por toda la Tierra. "Ese día", dijeron esos dioses, "la noche se va a alargar por muchos años, por siglos. Cuando llegue el engaño del dinero a poblar la Tierra nada será lo que parece. Habrá engaño y parecerá que es verdad, habrá quien se diga originario de estas tierras y se venda al poderoso, habrá quien use nuestro canto, nuestra lengua, nuestro vestido, para simular que bajamos la cabeza delante del dinero. La noche será noche y el día también será noche, pero el engaño nos hará creer que ha cambiado. Y el engaño mayor que sembrará el poder del dinero será hacernos creer que siempre fue así y que nunca va a cambiar y en ese engaño vivirán mucho tiempo los hombres y mujeres de maíz, lo que nosotros llamamos los pueblos originarios de estas tierras, y así como el maíz en la sierra Huichola tiene muchos colores, también los pueblos y las pieles de las personas tendrán muchos colores, pero este engaño reinará sobre todos y todos pensarán que es verdad lo que es mentira. Durante mucho tiempo estará esto y grande será el dolor de nuestra gente y mucho llorarán nuestras mujeres, nuestros hombres, nuestros mayores y nuestros pequeños".


Quedaron todos callados los hombres y mujeres del maíz. Los dioses dijeron que nada podían hacer. Empezó una gran bulla en la asamblea de los hombres y mujeres de maíz. Que ahora qué iban a hacer, que cómo iban a saber cuándo iba a llegar el día en que el engaño iba a poblar la Tierra e iban a empezar el dolor y el sufrimiento para los hombres y mujeres de maíz. Los dioses dijeron que no sabían mero el día y no sabían tampoco cómo podían librarse de esa maldad que iba a llegar sobre la tierra, pero que algo podían hacer.


Hicieron un plan: "cuando llegue ese día del engaño y la noche sea larga y el día sea una mentira querrá decir que el día se ha cansado, que el sol ha quedado dormido y habrá que despertarlo. Para despertarlo se necesita el buen sueño, la buena memoria y el ánimo de lucha".


"Nosotros", dijeron los dioses, "lo que podemos hacer es ayudarles para que cuando llegue ese día sepan qué hacer". Y entonces, en la asamblea de esos hombres y mujeres de maíz, se sacó el acuerdo de qué iban a hacer los guardianes, los vigilantes para cuando esa noche llegara.


"El problema no es la noche", dijeron los dioses, "el problema es no dejarse engañar y no creer que es eterna, que nunca va a acabar. Para eso necesitan guardar el buen sueño donde el sol vuelve a nacer y donde vuelve a crecer el día pero ahora con verdad. Entonces, el mundo vuelve a ser parejo".


"¿Cómo vamos a hacer entonces?", dijeron los hombres y mujeres de maíz, y los dioses les respondieron, "elijamos entre ustedes a los más firmes, a los más valientes, a los más sabios, entonces a ellos les entregaremos el buen sueño del mañana cuando llegue esa noche". Inmediatamente los hombres que estaban en la asamblea dijeron "yo", "no, yo", y empezaron a pelear entre ellos a ver quién era el más valiente, el más firme y el más sabio.


Los dioses dejaron que se estuvieran peleando un tanto en la asamblea y por fin dijeron, "si nos dan oportunidad, podemos decirles quiénes son los más fuertes, los más valientes y los más sabios entre ustedes". Como no llegaban al acuerdo entre ellos dijeron, "está bien, que digan los dioses quiénes son".


Entonces los dioses eligieron a un anciano y una anciana y dijeron: "estos son los más fuertes, los más sabios y los más valientes de esta comunidad y les vamos a guardar el sueño en la piel para que llegado el día que haya que despertar los hombres y mujeres de maíz no olviden cómo debe ser el mundo cuando sea".


Se presentaron el anciano y la anciana frente a los dioses y trataron de meter el buen sueño en la morraleta y no cabía, lo trataron de meter en la bolsa del pantalón o en la camisola y tampoco cabía, lo trataron de cargar en las manos y no cabía y no sabían cómo hacer para guardar el buen sueño que iba a hacer que amaneciera de nuevo y entonces los dioses dijeron que es en la piel donde deben tenerlo, y dijeron: "a partir de ahora los ancianos y las ancianas llevarán la memoria del buen sueño para cuando amanezca". Y empezaron a ponerles en la piel, del rostro, de las manos y de todo el cuerpo ese buen sueño para que cupiera, y para que nadie supiera que ahí lo tenían aparecieron las arrugas en la gente mayor, que en realidad las arrugas que se tienen en la cara, en las manos y en el cuerpo guardan este buen sueño para recordarlo.


Cuando hicieron la cuenta dijeron que no bastaba, que era necesario también saber cuándo había que despertar. Los dioses ofrecieron entonces que alguien guardara el buen recuerdo y volvieron a pedir al más sabio, al más valiente y al más fuerte de la asamblea. Volvieron a pelear los hombres a ver quién era mejor, no llegaron a ningún acuerdo y le preguntaron a los dioses quién de ellos era el mejor, el más fuerte, el más valiente y el más sabio. Y los dioses eligieron a una mujer. "Ésta es la más valiente, la más fuerte y la más sabia de entre ustedes" y para que llegue el recuerdo del sueño que hay que despertar, lo pusieron en sus cabellos. Desde entonces, dicen los antiguos, las mujeres y los hombres de maíz reconocen en las mujeres indígenas a las más sabias en aquellas que trenzan su pelo. Es en la trenza donde se guarda este sueño por el que hay que despertar.




Cuando ya estaban por despedirse los primeros dioses que ya habían encargado en los ancianos y en las mujeres indígenas la caja donde se iban a guardar el buen sueño que iba a volver a nacer el nuevo mundo, les contaron la historia de cómo iba a ser, de cómo iba a llegar el poderoso, de qué color iba a ser su piel, lo que iba a hacer, cómo iba a sembrar el engaño, cómo muchos de nosotros, los indígenas, iban a venderse, cómo la mayoría se iba a mantener firme, cómo debía cuidarse la tierra porque en ella estaba el futuro y la vida de cada quien. Cómo iba a llegar el poderoso a ofrecer más engaños, cómo iba a llegar a decir que siempre habíamos estado así, cómo nos iba a vender y nosotros íbamos a comprar que nosotros como pueblos indios somos menos, menos sabios, menos fuertes, menos hábiles, menos personas, casi animales.


Dijeron que iba a llegar ese día y ese día llegó junto con los españoles cuando conquistaron estas tierras. Desde entonces, aunque hubo Independencia, aunque hubo Revolución, nosotros como pueblos seguimos siendo tratados con desprecio por nuestra lengua, por nuestro color, por nuestra estatura, por nuestra forma de ser. Y desde entonces algunos miembros de los pueblos indios se venden al de arriba y venden junto con ellos y con su alma nuestras danzas, nuestros colores, nuestras fiestas y nuestra lengua.




*****


En este tiempo que hemos caminado por los caminos de nuestra patria que es México y que hemos encontrado con pueblos indígenas, hemos tratado de decir y de escuchar esta historia de dolor. En todas partes hemos encontrado lo mismo, la misma indignación y la misma rabia porque nuestros derechos no son respetados, pero ahora hay algo nuevo. Ahora estamos enfrentando la destrucción de nuestras tierras, el despojo de lo que nos pertenece, de lo que nos dieron a guardar y a cuidar.


Dicen en las montañas de este país los hombres más viejos y las mujeres, que es necesario que la noche termine, que hay que destrenzar el pelo, que hay que hurgar en las arrugas y que hay que hablar ahora del buen sueño, que es necesario ya que acabe la noche del engaño que nos vendieron y que vuelva a amanecer y que el día esté cabal, despierto cuando le toca y dormido cuando le toca.


Dicen que si esto no ocurre la larga noche será definitiva y no habrá más tierra que poseer, tierra que cuidar ni tierra que querer. Dicen que si no despertamos de la pesadilla del engaño que nos vendieron, no habrá ya por qué luchar.


Cuento dicho al concluir un acto callejero de la Otra Campaña ante la Organización de Indígenas y Campesinos de Tuxpan, Jalisco, marzo de 2006

Mito guaraní sobre el origen del lenguaje humano

El verdadero Padre Ñamandú, el Primero, de una pequeña porción de su propia divinidad, de la sabiduría contenida en su propia divinidad, y en virtud de su sabiduría creadora, hizo que se engendrasen llamas y tenue neblina.

Habiéndose erguido (asumido la forma humana), de la sabiduría contenida en su propia divinidad, y en virtud de su sabiduría creadora, concibió el origen del lenguaje humano.

Creó nuestro Padre el fundamento del lenguaje humano e hizo que formara parte de su propia divinidad.

Antes de existir la tierra, en medio de las tinieblas primigenias, antes de tenerse conocimiento de las cosas, creó aquello que sería el fundamento del lenguaje humano (o es el fundamento del futuro lenguaje humano) e hizo el verdadero Primer Padre Ñamandú que formara parte de su propia divinidad.

Habiendo concebido el origen del futuro lenguaje humano, de la sabiduría contenida en su propia divinidad, y en virtud de su sabiduría creadora concibió el fundamento del amor al prójimo.

Antes de existir la tierra, en medio de las tinieblas primigenias, antes de tenerse conocimiento de las cosas y en virtud de su sabiduría creadora del amor al prójimo lo concibió.

Habiendo creado el fundamento del lenguaje humano, habiendo creado una pequeña porción del amor, de la sabiduría contenida en su propia divinidad, y en virtud de su sabiduría creadora el origen de un solo himno sagrado lo creó en su soledad.

Antes de existir la tierra en medio de las tinieblas originarias, antes de conocerse las cosas, el origen del himno sagrado lo creó en su soledad para sí mismo.

Habiendo creado, en su soledad, el fundamento del lenguaje humano; habiendo creado, en su soledad, una pequeña porción de amor; habiendo creado, en su soledad, un corto himno sagrado, reflexionó profundamente sobre a quién hacer partícipe del fundamento del lenguaje humano; sobre a quién hacer partícipe del pequeño amor al prójimo, sobre a quién hacer partícipe de las series de palabras que componían el himno sagrado.

Habiendo reflexionado profundamente, de la sabiduría contenida en su propia divinidad, y en virtud de su sabiduría creadora creó a quienes serían compañeras de su divinidad.

Habiendo reflexionado profundamente, de la sabiduría contenida en su propia divinidad, y en virtud de su sabiduría creadora creó al Ñamandú de corazón grande y valeroso.

Lo creó simultáneamente con el reflejo de su sabiduría (el sol).

Antes de existir la tierra, en medio de las tinieblas originarias, creó al Ñamandú de corazón grande.

Para padre de sus futuros numerosos hijos, para verdadero padre de las almas de sus futuros numerosos hijos creó al Ñamandú de corazón grande.

Fuente: http://www.profesorenlinea.cl/castellano/Mitos_de_America.htm

Popol Vuh - cultura Maya

La creación

Primero todo era silencio, había mucha calma. No había nada que estuviera en pie en toda la faz de la tierra, solo existía el mar en reposo y un cielo apacible.

Todo era oscuro, solo Tepeu y Gucumatz(progenitores)estaban en el agua rodeados de claridad. Ellos son los que disponen de la creación de árboles, bejucos, nacimiento de la vida y del hombre. Se formó el corazón del cielo.

Mediante su palabra ellos hicieron emerger la tierra. dijeron "tierra" y esta fue hecha. Así sucesivamente surgieron el día y la noche, las montanas y valles, brotaron pinares. También se crearon las corrientes de agua y los arroyos corrieron libremente.

Luego crearon a los animales, los venados, pájaros, leones, tigres, serpientes, culebras, víboras, guardianes de los bejucos entre otros. Estos fueron hechos para cuidar a los árboles y a las plantas. Los animales se dispersaron y se multiplicaron, pero los creadores les dieron sus moradas respectivas, mar, tierra o aire.

Luego los creadores les dijeron que hablaran para que alabaran a sus creadores(a ellos), pero estos animales no hablaban, solo emitían graznidos, chillaban o cacareaban. Entonces estos creadores los cambiaron de hogar porque no conseguían que los adoraran ni que los veneraran. Hicieron un segundo intento pero estos tampoco hablaron, y por lo tanto fueron condenados a ser comidos y matados.

Ante este fracaso de que los animales no los veneraban, ellos se dijeron que tenían que crear antes del amanecer algún ser que los venerara, por lo tanto quisieron hacer al hombre. Para esto tuvieron varios intentos:

1. En este intentaron hacer al hombre de barro, no se podía sostener, no podía andar ni multiplicarse y se deshizo.

2. Luego trataron con madera, lo cual fue un gran avance, ya que hablaban y se multiplicaban, pero estos no tenían memoria(por lo tanto no se acordaban de su creador), entendimiento, caminaban sin rumbo y andaban a gatas. Estos fueron los primeros que habitaron la faz de la tierra, pero con el diluvio creado por el corazón de cielo estos murieron. Los que se salvaron se escondieron y se convirtieron en Gnomos.

3. De tzite se hizo el hombre, y la mujer de españada , pero estos no pensaban ni hablaban. Fueron aniquilados con resina y fueron desfigurados por las piedras de moler. Esto fue en castigo por no haber pensado ni en su madre, ni en su padre.

4. Poco faltaba para que el Sol, la Luna y las estrellas aparecieran sobre los creadores cuando descubrieron lo que en verdad debía entrar en la carne del Hombre. El Yac , Utiu , Quel y Hoh fueron los que trajeron la comida para la formación del hombre. Esta comida se convirtió en sangre, y así entro el maíz por obra de los progenitores. Los hombres que fueron creados fueron cuatro: Balam-Quitze, Balam-Acab, Mahucutah y Iqui-Balam.

"Estos son los nombres de nuestras primeras madres y padres."

Fuente: Mitologia americana.idoneos.com

martes, 13 de marzo de 2012

Me van a tener que disculpar

Por Eduardo Sacheri

EN LA VOZ DE EnlaceALEJANDRO APO AQUÍ

Para Diego

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.
Uno no puede andar por la vida reprobando a sus rivales y disculpando a sus amigos por el sólo hecho de serlo. Tampoco soy tan ingenuo como para suponer que uno es capaz de sustraerse a sus afectos y a sus pasiones, que uno tiene la idoneidad como para sacrificarlos en el altar de una imparcialidad impoluta. Digamos que uno va por ahí intentando no apartarse demasiado del camino debido, tratando de que los amores y los odios no le trastoquen irremediablemente la lógica.
Pero me van a tener que disculpar, señores. Hay un tipo con el que no puedo. Y ojo que lo intento. Me digo: no puede haber excepciones, no debe haberlas. Y la disculpa que requiero de ustedes es todavía mayor, porque el tipo del que hablo no es un benefactor de la humanidad, ni un santo varón, ni un valiente guerrero que ha consolidado la integridad de mi patria. No, nada de eso. El tipo tiene una actividad mucho menos importante, mucho menos trascendente, mucho más profana. Les voy adelantando que el tipo es un deportista. Imagínense, señores. Llevo escritas doscientas sesenta y tres palabras hablando del criterio ético y sus limitaciones, y todo por un simple caballero que se gana la vida pateando una pelota. Ustedes podrán decirme que eso vuelve mi actitud todavía más reprobable. Tal vez tengan razón. Tal vez por eso he iniciado estas líneas disculpándome.
No obstante, y aunque tengo perfectamente claras esas cosas, no puedo cambiar mi actitud. Sigo siendo incapaz de juzgarlo con la misma vara con la que juzgo al resto de los seres humanos. Y ojo que no sólo no es un pobre muchacho saturado de virtudes. Tiene muchos defectos. Tiene tal vez tantos defectos como quien escribe estas líneas, o como el que más. Para el caso es lo mismo. Pese a todo, señores, sigo sintiéndome incapaz de juzgarlo. Mi juicio crítico se detiene ante él, y lo dispensa.
No es un capricho, cuidado. No es un simple antojo. Es algo un poco más profundo, si me permiten calificarlo de ese modo. Seré más explícito. Yo lo disculpo porque siento que le debo algo. Le debo algo y sé que no tengo forma de pagárselo. O tal vez ésta sea la peculiar moneda que he encontrado para pagarle. Digamos que mi deuda halla sosiego en este hábito de evitar siempre cualquier eventual reproche.
Él no lo sabe, cuidado. Así que mi pago es absolutamente anónimo. Como anónima es la deuda que con él conservo. Digamos que él no sabe que le debo, e ignora los ingentes esfuerzos que yo hago una vez y otra por pagarle.
Por suerte o por desgracia, la oportunidad de ejercitar este hábito se me presenta a menudo. Es que hablar de él, entre argentinos, es casi uno de nuestros deportes nacionales. Para ensalzarlo hasta la estratosfera, o para condenarlo a la parrilla perpetua de los infiernos, los argentinos gustamos, al parecer, de convocar su nombre y su memoria. Ahí es cuando yo trato de ponerme serio y distante, pero no lo logro. El tamaño de mi deuda se me impone. Y cuando me invitan a hablar prefiero esquivar el bulto, cambiar de tema, ceder mi turno en el ágora del café a la tardecita. No se trata tampoco de que yo me ubique en el bando de sus perpetuos halagadores. Nada de eso. Evito tanto los elogios superlativos y rimbombantes como los dardos envenenados y traicioneros. Además, con el tiempo he visto a más de uno cambiar del bando de los inquisidores al de los plañideros aplaudidores, y viceversa, sin que se les mueva un pelo. Y ambos bandos me parecen absolutamente detestables, por cierto.
Por eso yo me quedo callado, o cambio de tema. Y cuando a veces alguno de los muchachos no me lo permite, porque me acorrala con una pregunta directa, que cruza el aire llevando específicamente mi nombre, tomo aire, hago como que pienso, y digo alguna sandez al estilo de «y, no sé, habría que pensarlo»; o tal vez arriesgo un «vaya uno a saber, son tantas cosas para tener en cuenta». Es que tengo demasiado pudor como para explayarme del modo en que aquí lo hago. Y soy incapaz de condenar a mis amigos al tórrido suplicio de escuchar mis argumentos y mis justificaciones.
Por empezar les tendría que decir que la culpa de todo la tiene el tiempo. Sí, como lo escuchan, el tiempo. El tiempo que se empeña en transcurrir, cuando a veces debería permanecer detenido. El tiempo que nos hace la guachada de romper los momentos perfectos, inmaculados, inolvidables, completos. Porque si el tiempo se quedase ahí, inmortalizando a los seres y a las cosas en su punto justo, nos libraría de los desencantos, de las corrupciones, de las infinitas traiciones tan propias de nosotros los mortales.
Y en realidad es por ese carácter tan defectuoso del tiempo que yo me comporto como lo hago. Como un modo de subsanar, en mis modestos alcances, esas barbaridades injustas que el tiempo nos hace. En cada ocasión en la cual mencionan su nombre, en cada oportunidad en la cual me invitan al festín de adorarlo y denostarlo, yo me sustraigo a este presente absolutamente profano, y con la memoria que el ser humano conserva para los hechos esenciales me remonto a ese día, al día inolvidable en que me vi obligado a sellar este pacto que, hasta hoy, he mantenido en secreto. Un pacto que puede conducirme (lo sé), a que alguien me acuse de patriotero. Y aunque yo sea de aquellos a quienes desagrada la mezcla de la nación con el deporte, en este caso acepto todos los riesgos y las potenciales sanciones.
Digamos que mi memoria es el salvoconducto para volver el tiempo al lugar cristalino del cual no debió moverse, porque era el exacto sitio en que merecía detenerse para siempre, por lo menos para el fútbol, para él y para mí. Porque la vida es así, a veces se combina para alumbrar momentos como ése. Instantes después de los cuales nada vuelve a ser como era. Porque no puede. Porque todo ha cambiado demasiado. Porque por la piel y por los ojos nos ha entrado algo de lo cual nunca vamos a lograr desprendernos.
Esa mañana habrá sido como todas. El mediodía también. Y la tarde arranca, en apariencia, como tantas otras. Una pelota y veintidós tipos. Y otros millones de tipos comiéndose los codos delante de la tele, en los puntos más distantes del planeta. Pero ojo, que esa tarde es distinta. No es un partido. Mejor dicho: no es sólo un partido. Hay algo más. Hay mucha rabia, y mucho dolor, y mucha frustración acumuladas en todos esos tipos que miran la tele. Son emociones que no nacieron por el fútbol. Nacieron en otro lado. En un sitio mucho más terrible, mucho más hostil, mucho más irrevocable. Pero a nosotros, a los de acá, no nos cabe otra que contestar en una cancha, porque no tenemos otro sitio, porque somos pocos, porque estamos solos, porque somos pobres. Pero ahí está la cancha, el fútbol, y son ellos o nosotros. Y si somos nosotros el dolor no va a desaparecer, ni la humillación ha de terminarse. Pero si son ellos. Ay, si son ellos. Si son ellos la humillación va a ser todavía más grande, más dolorosa, más intolerable. Vamos a tener que quedarnos mirándonos las caras, diciéndonos en silencio «te das cuenta, ni siquiera aquí, ni siquiera esto se nos dio a nosotros».
Así que están ahí los tipos. Los once nuestros y los once de ellos. Es fútbol, pero es mucho más que fútbol. Porque cuatro años es muy poco tiempo como para que te amaine el dolor y se te apacigüe la rabia. Por eso no es sólo fútbol.
Y con semejantes antecedentes de tarde borrascosa, con semejante prólogo de tragedia, va este tipo y se cuelga para siempre del cielo de los nuestros. Porque se planta enfrente de los contrarios y los humilla. Porque los roba. Porque delante de sus ojos los afana. Y aunque sea les devuelve ese afano por el otro, por el más grande, por el infinitamente más enorme y ultrajante. Porque aunque nada cambie allá están ellos, en sus casas y en sus calles, en sus pubs, queriéndose comer las pantallas de pura rabia, de pura impotencia de que el tipo salga corriendo mirando de reojito al árbitro que se compra el paquete y marca el medio.
Hasta ahí, eso solo ya es historia. Ya parece suficiente. Porque le robaste algo al que te afanó primero. Y aunque lo que él te robó te duele más, vos te regodeas porque sabés que esto, igual, le duele. Pero hay más. Aunque uno desde acá diga bueno, es suficiente, me doy por hecho, hay más. Porque el tipo además de piola es un artista. Es mucho más que los otros.
Arranca desde el medio, desde su campo, para que no queden dudas de que lo que está por hacer no lo ha hecho nadie. Y aunque va de azul, va con la bandera. La lleva en una mano, aunque nadie la vea. Empieza a desparramarlos para siempre. Y los va liquidando uno por uno, moviéndose al calor de una música que ellos, pobres giles, no entienden. No sienten la música, pero sí sienten un vago escozor, algo que les dice que se les viene la noche. Y el tipo sigue adelante.
Para que empiecen a no poder creerlo. Para que no se lo olviden nunca. Para que allá lejos los tipos dejen la cerveza y cualquier otra cosa que tengan en la mano. Para que se queden con la boca abierta y la expresión de tontos, pensando que no, que no va a suceder, que alguno lo va a parar, que ese morochito vestido de azul y de argentino no va a entrar al área con la bola mansita a su merced, que alguien va a hacer algo antes de que le amague al arquero y lo sortee por afuera, de que algo va a pasar para poner en orden la historia y que las cosas sean como Dios y la reina mandan, porque en el fútbol tiene que ser como en la vida, donde los que llevan las de ganar ganan, y los que llevan las de perder pierden. Se miran entre ellos y le piden al de al lado que los despierte de la pesadilla. Pero no hay caso, porque ni siquiera cuando el tipo les regala una fracción de segundo más, cuando el tipo aminora el vértigo para quedar de nuevo bien parado de zurdo, ni siquiera entonces van a evitar entrar en la historia como los humillados, los once ingleses despatarrados e incrédulos, los millones de ingleses mirando la tele sin querer creer lo que saben que es verdad para siempre, porque ahí va la bola a morirse en la red para toda la eternidad, y el tipo va a abrazarse con todos y a levantar los ojos al cielo. Y no sé si él lo sabe, pero hace tan bien en mirar al cielo.
Porque el afano estaba bien, pero era poco. Porque el afano de ellos era demasiado grande. Así que faltaba humillarlos por las buenas. Inmortalizarlos para cada ocasión en que ese gol volviese a verse una vez y otra vez y para siempre, en cada rincón del mundo. Ellos volviendo a verse una y mil veces hasta el cansancio en las repeticiones incrédulas. Ellos pasmados, ellos llegando tarde al cruce, ellos viéndolo todo desde el piso, ellos hundiéndose definitivamente en la derrota, en la derrota pequeña y futbolera y absoluta y eterna e inolvidable.
Así que señores, lo lamento. Pero no me jodan con que lo mida con la misma vara con la que se supone debo juzgar a los demás mortales. Porque yo le debo esos dos goles a Inglaterra. Y el único modo que tengo de agradecérselo es dejarlo en paz con sus cosas. Porque ya que el tiempo cometió la estupidez de seguir transcurriendo, ya que optó por acumular un montón de presentes vulgares encima de ese presente perfecto, al menos yo debo tener la honestidad de recordarlo para toda la vida. Yo conservo el deber de la memoria.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Esta Mañana ...


Este video es sobre un poema extraído de los Últimos Poemas de Daniel Favero, musicalizado por Mauro Bermeo, primo del joven desaparecido en época de la dictadura. Esta mañana… es un poema que cuenta como se ve el día a día en la dictadura, como lo veían algunos, y como los veían otros.

Daniel Omar Favero, nació el 30 de julio de 1957, desaparecido el 24 de junio de 1977. Fue escritor, músico y estudiante de letras en la facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata.

Le faltaban días para cumplir los 20 años cuando lo desaparecieron en junio de 1977. En el año 1992 se presentó su libro, “Los últimos poemas”, editado en una colección de poesía que dirige José Luis Mangieri. Militaba en la Juventud Universitaria Peronista.

Vivía con su compañera María Paula Álvarez en un departamento en la calle 57 e/ 12 y 13. El 24 de junio de 1977, una comisión policial de la brigada de investigaciones comandada por el policía Raúl Orlando Machuca se presentó en el departamento de ellos y los secuestró. Según una testigo, los dos fueron sacados vivos. No se sabe nada de su destino…

Este video lo hizo María Eugenia García de 3° A que participa en el Taller Nuevo Siglo Nuevas Voces y en el Programa Jóvenes y Memoria.